martes, 28 de agosto de 2018

AUTOEVALUACIÓN 3er PERIODO

FORMULARIO DE EVALUACIÓN

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CLASE No.8 - TALLER DE LECTURA

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA CAPITULO VII

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
Gabriel García Márquez

CAPITULO VII

No necesitó abrir la ventana para identificar a diciembre. Lo descubrió en sus propios huesos cuando picaba en la cocina las frutas para el desayuno del gallo. Luego abrió la puerta y la visión del patio confirmó su intuición. Era un patio maravilloso, con la hierba y los árboles y el cuartito del excusado flotando en la claridad, a un milímetro sobre el nivel del suelo.
Su esposa permaneció en la cama hasta las nueve. Cuando apareció en la cocina ya el coronel había puesto orden en la casa y conversaba con los niños en torno al gallo.
Ella tuvo que hacer un rodeo para llegar hasta la hornilla.
–     Quítense del medio –gritó. Dirigió al animal una mirada sombría–. No veo la hora de salir de este pájaro de mal agüero.
El coronel examinó a través del gallo el humor de su esposa. Nada en él merecía rencor. Estaba listo para los entrenamientos. El cuello y los muslos pelados y cárdenos, la cresta rebanada, el animal había adquirido una figura escueta, un aire indefenso.
–     Asómate a la ventana y olvídate del gallo –dijo el coronel cuando se fueron los niños–. En una mañana así dan ganas de sacarse un retrato.
Ella se asomó a la ventana pero su rostro no reveló ninguna emoción. "Me gustaría sembrar las rosas", dijo de regreso a la hornilla. El coronel colgó el espejo en el horcón para afeitarse.
–     Si quieres sembrar las rosas, siémbralas –dijo.
Trató de acordar sus movimientos a los de la imagen.
–     Se las comen los puercos –dijo ella. –Mejor –dijo el coronel–. Deben ser muy buenos los puercos engordados con rosas.
Buscó a la mujer en el espejo y se dio cuenta de que continuaba con la misma expresión. Al resplandor del fuego su rostro parecía modelado en la materia de la hornilla. Sin advertirlo, fijos los ojos en ella, el coronel siguió afeitándose al tacto como lo había hecho durante muchos años. La mujer pensó, en un largo silencio.
– Es que no quiero sembrarlas – dijo. –Bueno –dijo el coronel–. Entonces no las siembres.
Se sentía bien. Diciembre había marchitado la flora de sus vísceras. Sufrió una contrariedad esa mañana tratando de ponerse los zapatos nuevos. Pero después de intentarlo varias veces comprendió que era un esfuerzo inútil y se puso los botines de charol. Su esposa advirtió el cambio.
–     Si no te pones los nuevos no acabarás de amansarlos nunca –dijo.
–     Son zapatos de paralítico –protestó el coronel–. El calzado debían venderlo con un mes de uso.
Salió a la calle estimulado por el presentimiento de que esa tarde llegaría la carta. Como aún no era la hora de las lanchas esperó a don Sabas en su oficina. Pero le confirmaron que no llegaría sino el lunes. No se desesperó a pesar de que no había previsto ese contratiempo. "Tarde o temprano tiene que venir", se dijo, y se dirigió al puerto, en un instante prodigioso, hecho de una claridad todavía sin usar.
–     Todo el año debía ser diciembre –murmuró, sentado en el almacén del sirio Moisés–. Se siente uno como si fuera de vidrio.
El sirio Moisés debió hacer un esfuerzo para traducir la idea a su árabe casi olvidado. Era un oriental plácido forrado hasta el cráneo en una piel lisa y estirada, con densos movimientos de ahogado. Parecía efectivamente salvado de las aguas.
–     Así era antes –dijo–. Si ahora fuera lo mismo yo tendría ochocientos noventa y siete años. ¿Y tú?
"Setenta y cinco", dijo el coronel, persiguiendo con la mirada al administrador de correos. Sólo entonces descubrió el circo. Reconoció la carpa remendada en el techo de la lancha del correo entre un montón de objetos de colores. Por un instante perdió al administrador para buscar las fieras entre las cajas apelotonadas sobre las otras lanchas. No las encontró.
–     Es un circo –dijo–. Es el primero que viene en diez años.
El sirio Moisés verificó la información. Habló a su mujer en una mezcolanza de árabe y español. Ella respondió desde la trastienda. Él hizo un comentario para sí mismo y luego tradujo su preocupación al coronel.
–     Esconde el gato, coronel. Los muchachos se lo roban para vendérselo al circo.
El coronel se dispuso a seguir al administrador.
–     No es un circo de fieras –dijo.
–     No importa –replicó el sirio–. Los maromeros comen gatos para no romperse los huesos.
Siguió al administrador a través de los bazares del puerto hasta la plaza. Allí lo sorprendió el turbulento clamor de la gallera. Alguien, al pasar, le dijo algo de su gallo. Sólo entonces recordó que era el día fijado para iniciar los entrenamientos.
Pasó de largo por la oficina de correos. Un momento después estaba sumergido en la turbulenta atmósfera de la gallera. Vio su gallo en el centro de la pista, solo, indefenso, las espuelas envueltas en trapos, con algo de miedo evidente en el temblor de las patas. El adversario era un gallo triste y ceniciento.
El coronel no experimentó ninguna emoción. Fue una sucesión de asaltos iguales. Una instantánea trabazón de plumas y patas y pescuezos en el centro de una alborotada ovación. Despedido contra las tablas de la barrera el adversario daba una vuelta sobre sí mismo y regresaba al asalto. Su gallo no atacó. Rechazó cada asalto y volvió a caer exactamente en el mismo sitio. Pero ahora sus patas no temblaban.
Germán saltó la barrera, lo levantó con las dos manos y lo mostró al público de las graderías. Hubo una frenética explosión de aplausos y gritos. El coronel notó la desproporción entre el entusiasmo de la ovación y la intensidad del espectáculo. Le pareció una farsa a la cual –voluntaria y conscientemente– se prestaban también los gallos.
Examinó la galería circular impulsado por una curiosidad un poco despreciativa. Una multitud exaltada se precipitó por las graderías hacia la pista. El coronel observó la confusión de rostros cálidos, ansiosos, terriblemente vivos. Era gente nueva. Toda la gente nueva del pueblo. Revivió –como en un presagio– un instante borrado en el horizonte de su memoria. Entonces saltó la barrera, se abrió paso a través de la multitud concentrada en el redondel y se enfrentó a los tranquilos ojos de Germán. Se miraron sin parpadear.
–     Buenas tardes, coronel.
El coronel le quitó el gallo. "Buenas tardes", murmuró. Y no dijo nada más porque lo estremeció la caliente y profunda palpitación del animal. Pensó que nunca había tenido una cosa tan viva entre las manos.
–Usted no estaba en la casa –dijo Germán, perplejo.
Lo interrumpió una nueva ovación. El coronel se sintió intimidado. Volvió a abrirse paso, sin mirar a nadie, aturdido por los aplausos y los gritos, y salió a la calle con el gallo bajo el brazo.
Todo el pueblo –la gente de abajo– salió a verlo pasar seguido por los niños de la escuela.
Un negro gigantesco trepado en una mesa y con una culebra enrollada en el cuello vendía medicinas sin licencia en una esquina de la plaza. De regreso del puerto un grupo numeroso se había detenido a escuchar su pregón. Pero cuando pasó el coronel con el gallo la atención se desplazó hacia él. Nunca había sido tan largo el camino de su casa.
No se arrepintió. Desde hacía mucho tiempo el pueblo yacía en una especie de sopor, estragado por diez años de historia. Esa tarde –otro viernes sin carta– la gente había despertado. El coronel se acordó de otra época. Se vio a sí mismo con su mujer y su hijo asistiendo  bajo el paraguas a  un espectáculo que no fue interrumpido a pesar de la lluvia. Se acordó de los dirigentes de su partido, escrupulosamente peinados, abanicándose en el patio de su casa al compás de la música. Revivió casi la dolorosa resonancia del bombo en sus intestinos.
Cruzó por  la calle paralela al río, y también allí encontró la tumultuosa muchedumbre de los remotos domingos electorales. Observaban el descargue del circo. Desde el interior de una tienda una mujer gritó algo relacionado con el gallo. Él siguió absorto hasta su casa, todavía oyendo voces dispersas, como si lo persiguieran los desperdicios de la ovación de la gallera.
En la puerta se dirigió a los niños.
–     Todos para su casa –dijo–. Al que entre lo saco a correazos.
Puso la tranca y se dirigió directamente a la cocina. Su mujer salió asfixiándose del dormitorio.
–     Se lo llevaron a la fuerza –gritó–. Les dije que el gallo no saldría de esta casa mientras yo estuviera viva.
El coronel amarró el gallo al soporte de la hornilla. Cambió el agua al tarro, perseguido por la voz frenética de la mujer.
–     Dijeron que se lo llevarían por encima de nuestros cadáveres –dijo–. Dijeron que el gallo no era nuestro, sino de todo el pueblo.
Sólo cuando terminó con el gallo el coronel se enfrentó al rostro trastornado de su mujer.
Descubrió sin asombro que no le producía remordimiento ni compasión.
–     Hicieron  bien –dijo  calmadamente. Y luego, registrándose los bolsillos, agregó, con una especie de insondable dulzura–: El gallo no se vende. Ella lo siguió hasta el dormitorio. Lo sintió completamente  humano, pero inasible, como si lo  estuviera viendo en la pantalla de un cine. El coronel extrajo  del ropero  un  rollo de  billetes, lo  juntó al  que tenía  en los bolsillos, contó el total y lo guardó en el ropero.
–     Ahí hay veintinueve pesos para devolvérselos a mi compadre Sabas –dijo–. El resto se le paga cuando venga la pensión.
–     Y si no viene. –preguntó la mujer.
–     Vendrá.
–     Pero si no viene...
–     Pues entonces no se le paga.
Encontró los zapatos nuevos debajo de la cama. Volvió al armario por la caja de cartón, limpió la suela con un trapo y metió los zapatos en la caja, como los llevó su esposa el domingo en la noche. Ella no se movió.
–     Los zapatos  se devuelven  –dijo el coronel–. Son trece pesos más para mi compadre.
–     No los reciben –dijo ella.
–     Tienen  que recibirlos  –replicó el coronel–. Sólo me los he puesto dos veces.
–     Los turcos no entienden de esas cosas –dijo la mujer.
–     Tienen que entender.
–     Y si no entienden...
–     Pues entonces que no entiendan.
Se acostaron sin  comer. El coronel esperó a que su mujer terminara el rosario para apagar la  lámpara. Pero no pudo dormir. Oyó las campanas de la censura cinematográfica, y casi enseguida –tres horas después– el toque de queda. La pedregosa respiración de la mujer se hizo angustiosa con el aire helado de la madrugada. El coronel tenía aún los ojos abiertos cuando ella habló con una voz reposada, conciliatoria.
–     Estás despierto.
–     Sí.
–     Trata  de entrar  en razón –dijo  la mujer–. Habla mañana con  mi compadre Sabas.
–     No viene hasta el lunes.
–     Mejor –dijo la mujer–. Así tendrás tres días para recapacitar.
–     No hay nada que recapacitar –dijo el coronel.
El viscoso aire de octubre había sido sustituido por una frescura apacible. El coronel volvió a reconocer a diciembre en el horario de los alcaravanes. Cuando dieron las dos, todavía no había podido dormir. Pero  sabía que su mujer también estaba despierta. Trató de cambiar de posición en la hamaca.
–     Estás desvelado –dijo la mujer.
–     Sí.
Ella pensó un momento.
–     No estamos en condiciones de hacer esto –dijo–. Ponte a pensar cuántos son cuatrocientos pesos juntos.
–     Ya falta poco para que venga la pensión –dijo el coronel.
–     Estás diciendo lo mismo desde hace quince años.
–     Por eso –dijo el coronel–. Ya no puede demorar mucho más.
Ella hizo  un silencio. Pero cuando  volvió a hablar, al  coronel le pareció que el tiempo no había transcurrido.
–     Tengo la impresión de que esa plata no llegará nunca –dijo la mujer.
–     Llegará.
–     Y si no llega...
Él no encontró la voz para responder. Al primer canto del gallo tropezó con la realidad, pero volvió a hundirse en un sueño denso, seguro, sin remordimientos. Cuando despertó, ya el sol estaba alto. Su mujer dormía. El coronel repitió metódicamente, con dos horas de retraso, sus movimientos matinales, y esperó a su esposa para desayunar.
Ella se levantó impenetrable. Se dieron los buenos días y se sentaron a desayunar en silencio. El coronel sorbió una  taza de café negro acompañada con un pedazo de queso y un pan de dulce. Pasó toda la mañana en la sastrería. A la una volvió a la casa y encontró a su mujer remendando entre las begonias.
–     Es hora del almuerzo –dijo.
–     No hay almuerzo –dijo la mujer.
Él se encogió de hombros. Trató de tapar los portillos de la cerca del patio para evitar que los niños entraran a la cocina. Cuando regresó al corredor, la mesa estaba servida.
En el curso del almuerzo el coronel comprendió que su esposa se estaba forzando para no llorar. Esa certidumbre lo alarmó. Conocía el carácter de su mujer, naturalmente duro, y endurecido todavía  más por cuarenta años de amargura. La muerte de su hijo no le arrancó una lágrima.
Fijó directamente en sus ojos una mirada de reprobación. Ella se mordió los labios, se secó los párpados con la manga y siguió almorzando.
–     Eres un desconsiderado –dijo.
El coronel no habló.
–     Eres caprichoso, terco y desconsiderado –repitió ella. Cruzó los cubiertos sobre el plato, pero  enseguida rectificó supersticiosamente la posición.
Toda una vida comiendo tierra, para que  ahora resulte que  merezco menos consideración que un gallo.
–     Es distinto –dijo el coronel.
–     Es lo mismo –replicó la mujer–. Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que esto que tengo no es una enfermedad, sino una agonía.
El coronel no habló hasta cuando no terminó de almorzar.
–     Si el doctor me garantiza que  vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo enseguida –dijo–. Pero si no, no.
Esa tarde llevó el gallo a la gallera. De regreso encontró a su esposa al borde de la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la espalda, los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de sus  pulmones. Allí estuvo hasta la prima noche. Luego se acostó sin dirigirse a su marido.
Masticó oraciones hasta un poco después del toque de queda. Entonces el coronel se dispuso a apagar la lámpara. Pero ella se opuso.
–     No quiero morirme en tinieblas –dijo.
El coronel dejó la lámpara en el suelo. Empezaba a sentirse agotado. Tenía deseos de olvidarse de  todo, de dormir de un tirón cuarenta y cuatro días y despertar el veinte de enero a las tres de la tarde, en la gallera y en el momento exacto de soltar el gallo, pero se sabía amenazado por la vigilia de la mujer.
–     Es la misma historia de siempre–comenzó ella un momento después–. Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros. Es  la misma historia desde hace cuarenta años.
El coronel guardó silencio hasta cuando su esposa hizo una pausa para preguntarle si estaba despierto. Él respondió que sí. La mujer continuó en un tono liso, fluyente, implacable.
–     Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar.
–     El dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.
–     También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada, y tú estás muerto de hambre, completamente solo.
–     No estoy solo –dijo el coronel.
Trató de explicar algo, pero lo venció el sueño. Ella siguió hablando sordamente hasta cuando se dio cuenta de que su esposo dormía. Entonces salió del mosquitero y se paseó por la sala  en tinieblas. Allí siguió hablando. El coronel la llamó en la madrugada.
Ella apareció en la  puerta, espectral, iluminada desde abajo por la lámpara casi extinguida.
La apagó antes de entrar al mosquitero. Pero siguió hablando.
–     Vamos a hacer una cosa –la interrumpió el coronel.
–     Lo único que se puede hacer es vender el gallo –dijo la mujer.
–     También se puede vender el reloj.
–     No lo compran.
–     Mañana trataré de que Álvaro me dé los cuarenta pesos.
–     No te los da.
–     Entonces se vende el cuadro.
Cuando la mujer volvió a hablar estaba otra vez fuera  del mosquitero. El coronel percibió su respiración impregnada de hierbas medicinales.
–     No lo compran –dijo.
–     Ya veremos–dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz–. Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa.
Trató de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una sustancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.
–     Contéstame.
El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
–     Qué se puede hacer si no se puede vender nada –repitió la mujer.
–     Entonces ya será veinte de enero –dijo el coronel, perfectamente consciente–. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
–     Si el gallo gana –dijo la mujer–. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.
–     Es un gallo que no puede perder.
–     Pero suponte que pierda.
–     Todavía faltan cuarenta y  cinco días para empezar a pensar en eso –dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
–     Y mientras tanto qué comemos –preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía–. Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder.
–     Mierda.

CUESTIONARIO

CAPITULO 7:

1. ¿Cómo sabe el coronel que ha llegado el mes de diciembre?

2. ¿Cómo cambia su humor?

3. ¿Por qué no le gustan los zapatos nuevos al coronel?

4. ¿Qué presentimiento tiene el coronel esa mañana?

5. ¿Cuántos años tiene el coronel?

6. ¿Qué ha llegado al pueblo por primera vez en diez años?

7. ¿Cómo pelea su gallo ese día?

8. ¿Qué decide el coronel respecto a la venta de su gallo después de verlo pelear? ¿Por qué?

9. ¿Por qué dice el coronel que los muchachos hicieron bien en llevar al gallo (para que peleara)?

10. ¿Por qué recoge el dinero que les queda?

11. ¿Qué hace el coronel con sus zapatos nuevos?

12. ¿Cómo ha cambiado el coronel y cómo ha cambiado la relación entre el coronel y su esposa?

13. ¿Por qué le alarmó al coronel el hecho de que su esposa se estaba forzando para no llorar?

14. ¿A qué se refiere la esposa cuando dice que "es la misma historia de siempre. Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros."?

15. ¿Cuántos días faltan para el veinte de enero?

16. ¿Cómo sobrevivirán el coronel y su esposa?

17. ¿Qué transformación se nota en el coronel a través de la obra que llega a concretizarse al final?

18. ¿Qué significa el gallo para el coronel y para el pueblo?

CLASE No.7 - TALLER DE LECTURA


EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado. Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo. No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron al ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación. No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró: -Tiene cara de llamarse Esteban. Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Asi que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas. -¡Bendito sea Dios -suspiraron-: es nuestro! Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento. Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban. Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturosos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.


Examen “el ahogado más hermoso del mundo”
  1. ¿Quiénes encontraron al ahogado por primera vez y qué hicieron con él?
  2. ¿Quiénes encontraron al ahogado en segundo lugar y qué hicieron con él?
  3. ¿Más o menos, cuántos son los hombres del pueblo? Explique su respuesta
  4. ¿Quiénes cuidaron al ahogado mientras los hombres salían y qué descubrieron?
  5. Haz una lista de las fantasías con respecto al ahogado que se les ocurren a las mujeres.
  6. ¿Cómo las mujeres comparan al ahogado con sus hombres?
  7. ¿Qué nombre le ponen al ahogado?
  8. Cómo reaccionan los hombres por tanta atención de parte de las mujeres hacia el ahogado?
  9. ¿Cómo llega la fama del ahogado a otros lugares?
  10. ¿Qué hicieron antes de devolver el muerto a las aguas?
  11. ¿Cómo se sentían en el pueblo luego de que echaran el cuerpo  nuevamente al mar?
  12. ¿Qué podría simbolizar el personaje de Esteban?
  13. Qué significa la frase “los hombres y las mujeres tuvieron conciencia por primera vez de…la estrechez de sus sueños”?
  14. El pueblo se transforma al final del cuento.  Explica cómo el pueblo puede cambiar así.
  15. Qué creían los niños que era el promontorio que se acercaba a la costa?
  16. Cómo era diferente el cadáver de otros “muertos conocidos”?
  17. Los hombres creían que ciertos ahogados tenían una habilidad especial. ¿Cuál era?
  18. .¿Aproximadamente cuántas personas vivían en el pueblo? ¿Cómo se sabe?
  19. Cómo sabían que este muerto no era de su pueblo?
  20. Cuáles eran  los problemas que las mujeres encontraron cuando trataron de preparar el hombre para el entierro y ¿Cómo los resolvieron?
  21.  Cuál cambio climático ocurrió con la llegada del ahogado?
  22.  Cuáles cambios se habrían ocurrido si este hombre hubiera vivido en su pueblo?
  23. Cuáles son algunos “milagros” que las mujeres creen que podrían haber ocurrido también
  24. Por qué querían los hombres atarle un ancla a Esteban antes de devolverlo al mar?
  25. Qué habría hecho Esteban si hubiera sabido que causaría tanta conmoción en el pueblo?
  26.  ¿Por qué dice que Esteban era “sincero” y “humilde”?
  27. ¿Cómo afectaron los llantos del pueblo a unos marineros?
  28.  ¿Cómo cambió la impresión que la gente tenía de su propio pueblo?
  29. ¿Qué hicieron con el cuerpo de Esteban?
  30.  ¿Por qué no le ataron a un ancla?

martes, 21 de agosto de 2018

AUTOEVALUACIÓN 4to PERIODO

FORMULARIO DE EVALUACIÓN Buen día estudiante, Ya esta disponible la auto evaluación en linea. Para poder presentarla deberán tener ...